Detesto lo
póstumo, tanto como cualquiera. Pero desde ayer más, si cabe. La expresión “homenaje
a título póstumo" me da escalofríos. No caeré en la trampa, nadie perece
mientras viva en los pensamientos de otros.
Escribo estas
líneas desde un profundo y extraño dolor; ¿Se puede querer a alguien a quien no
veías hace 14 años? Yo creo que sí, sé que sí; y ello constituye una de las bases
más sólidas del amor, de ese que no precisa de presencias.
Mi profesora
preferida, de entre todos los enseñantes que han pasado por mi vida, siempre
entraba en clase, en mi caso, ya fuera de latín o de literatura, dicharachera y
alegre, caminando de forma que parecía dar pequeños saltitos. Siempre. Sus
gafas de lectora compulsiva, su cabello rubio atolondrado, sonrisa perenne y els
seus nens y les pàfies. No pretendo que esto sea una descripción al uso según la narrativa clásica
que ella me enseñó a apreciar, se trata de una visión objetiva, pues debo añadir
que ella es maravillosa.
La semana pasada
terminaba la redacción de un texto para enviarlo a un concurso de relatos. Le había abierto la puerta al
cuento, lo que significa que, una vez finalizado y realizada una primera y
breve revisión personal, se escoge un número de ciertos elegidos con el
objetivo de que terceras personas otorguen la visión crítica que uno no es
capaz de dar. Entonces encontré el nombre de la protagonista, antes de darlo a
conocer. Luisa, versión castellanizada del nombre de mi profesora, porque catorce años después ella sigue protagonizando
mis cuentos, mis poemas, mis pensamientos y, ahora, mi nostalgia.
Pues bien, lo
dicho, ayer pensé en ella para enviarle el relato en el que su homónima le
salva la vida a Diego.
Y escribí su
nombre en Google.
Y en el cuarto
enlace encontré su esquela, y rompí a llorar. Me puse irremediablemente a pensar en todas las cosas que uno
piensa cuando alguien parte, en totes aquelles coses que no et vaig dir. En
unos ojos felinos y brillantes que ahora me miran con cariño, que me animan a
seguir escribiendo. En muchos cafés, en els quatre gats, en muchos consejos, tan
llenos de bondad, en la forma plena de referirse a su marido, Jordi, y sus
hijos, de sus alumnos y sus compañeros, del teatro, de los clásicos. Eres maravillosa.
Tanto que las lágrimas que asoman apenas me permiten escribir, estoy muy triste
por no volver a verte. 14 años no son nada. Son ayer.
Sobre todo estoy
triste porque me estás pidiendo que sonría y no me siento capaz.
Te contaré una
breve anécdota. El día que conocí a mi mujer, mi francesa y preciosa mujer, le recité con
un horrible acento aquellos dos versos que tanto te gustaban. Aquello le hizo
reír, y ayer me abrazaba mucho, más aún que de costumbre, pues ella sabe bien que
es la mejor manera de deshinchar los ojos. Estos son los versos, los dos
primeros, procedentes del puño y letra de Verlaine.
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| Il pleure dans mon coeur / Comme il pleut sur la ville |
No pienso pronunciar
ningún adiós. Voy a escribir tu nombre en todas mis historias; en fin, en
todas en las que haya una mujer maravillosa. En las mejores siempre hay una, y en
la mías se llama, y se llamará, Lluïsa, y allí siempre estarás caminando dando
saltitos, sonriendo, amando.
Requiescat in pace
