jeudi 19 mars 2015

La meva Maria Lluïsa Serra Masagué

Detesto lo póstumo, tanto como cualquiera. Pero desde ayer más, si cabe. La expresión “homenaje a título póstumo" me da escalofríos. No caeré en la trampa, nadie perece mientras viva en los pensamientos de otros.

Escribo estas líneas desde un profundo y extraño dolor; ¿Se puede querer a alguien a quien no veías hace 14 años? Yo creo que sí, sé que sí; y ello constituye una de las bases más sólidas del amor, de ese que no precisa de presencias.

Mi profesora preferida, de entre todos los enseñantes que han pasado por mi vida, siempre entraba en clase, en mi caso, ya fuera de latín o de literatura, dicharachera y alegre, caminando de forma que parecía dar pequeños saltitos. Siempre. Sus gafas de lectora compulsiva, su cabello rubio atolondrado, sonrisa perenne y els seus nens y les pàfies. No pretendo que esto sea  una descripción al uso según la narrativa clásica que ella me enseñó a apreciar, se trata de una visión objetiva, pues debo añadir que ella es maravillosa.

La semana pasada terminaba la redacción de un texto para enviarlo a un concurso de relatos. Le había abierto la puerta al cuento, lo que significa que, una vez finalizado y realizada una primera y breve revisión personal, se escoge un número de ciertos elegidos con el objetivo de que terceras personas otorguen la visión crítica que uno no es capaz de dar. Entonces encontré el nombre de la protagonista, antes de darlo a conocer. Luisa, versión castellanizada del nombre de mi profesora, porque catorce años después ella sigue protagonizando mis cuentos, mis poemas, mis pensamientos y, ahora, mi nostalgia.
Pues bien, lo dicho, ayer pensé en ella para enviarle el relato en el que su homónima le salva la vida a Diego.

Y escribí su nombre en Google.

Y en el cuarto enlace encontré su esquela, y rompí a llorar. Me puse irremediablemente a pensar en todas las cosas que uno piensa cuando alguien parte, en totes aquelles coses que no et vaig dir. En unos ojos felinos y brillantes que ahora me miran con cariño, que me animan a seguir escribiendo. En muchos cafés, en els quatre gats, en muchos consejos, tan llenos de bondad, en la forma plena de referirse a su marido, Jordi, y sus hijos, de sus alumnos y sus compañeros, del teatro, de los clásicos. Eres maravillosa. Tanto que las lágrimas que asoman apenas me permiten escribir, estoy muy triste por no volver a verte. 14 años no son nada. Son ayer.

Sobre todo estoy triste porque me estás pidiendo que sonría y no me siento capaz.

Te contaré una breve anécdota. El día que conocí a mi mujer, mi francesa y preciosa mujer, le recité con un horrible acento aquellos dos versos que tanto te gustaban. Aquello le hizo reír, y ayer me abrazaba mucho, más aún que de costumbre, pues ella sabe bien que es la mejor manera de deshinchar los ojos. Estos son los versos, los dos primeros, procedentes del puño y letra de Verlaine.
Il pleure dans mon coeur / Comme il pleut sur la ville

No pienso pronunciar ningún adiós. Voy a escribir tu nombre en todas mis historias; en fin, en todas en las que haya una mujer maravillosa. En las mejores siempre hay una, y en la mías se llama, y se llamará, Lluïsa, y allí siempre estarás caminando dando saltitos, sonriendo, amando.

Requiescat in pace