jeudi 22 août 2013

Le sourire du mois d'août



Estoy de vacaciones, todavía un tanto cansado por el exceso de kilometraje y todavía con la barba por afeitar.

Estoy de vacaciones y aun así, intento no apalancarme más de lo estrictamente recomendable y necesario, pues estoy de vacaciones.  Debido a ello, ayer me fui a correr al parque de Montsouris.
Éste:
Esto me lo corro todo enterito.

Me gusta decir “ir a correr” por lo sumamente estúpido que suena, un sinsentido en toda regla, que, pese a serlo, no deja de ser un ejercicio de lo más beneficioso, no sólo a efectos de salud física y mental, sino como la mejor defensa posible: perseguir o escapar, depende de tu bando. Montsouris es un parque situado al sur de París, concebido en 1860, de 15 hectáreas y denominado como un jardín o parque a la inglesa. Lo cierto es que no corro mucho al aire libre, y como cualquiera que sea como yo, no sé cómo hacer para dejar de ser tan flipado. El recorrido es de 1,5 kms, compuesto de un recorrido plano que tiende cuesta abajo hasta llegar a un último tramo en el que el camino pica seriamente hacia arriba; y ahí es donde me muero y vomito las vísceras, puesto que no soporto que me adelanten. De ahí que fuerce mi ritmo para evitar que los que allí se entrenan –entre los que se encuentran varios cassos– me sobrepasen. Debido a ello sólo logo hacer 3 vueltas al recorrido.

Montsouris es uno de los 4 parques de entrenamiento de París en el que no se permiten ni la violencia ni las espadas. Parques pacíficos. Como lo oyen, es de locos, pero dicen que así los actos belicosos son mucho más espectaculares, dinámicos y sangrientos, después. Yo generalmente corro y me bato con mi camiseta del FC Barcelona de la temporada 2010-2011. Con el número 13 a la espalda.
 
Y sí, estoy de vacaciones, en casa. Tras pasar 9 muy buenos días en Barcelona en los que cuadrar la agenda fue imposible, en los que no pude ver a todo el que hubiese querido, pero en fin, todo se andará. Para estas cosas, mejor no correr.

mardi 6 août 2013

Cosquilleo preliminar

Hace ya unos ocho meses que aterricé en París, todo va muy bien. Mi intención primera no fue en ningún caso afrancesarme, pero supongo que ciertas intenciones se quedan simplemente eso. Aún no me he censado, todavía no soy residente. Sin embargo ya cotizo en ¡la République! 

Me he escuchado diciendo voilà y ohlala en más de una ocasión y nada hace pensar que esto quede fuera de lugar. En realidad esto no es un blog, simplemente es una vía de comunicación unidireccional; supongo y sé que, aunque no muy habitualmente, hay quien se pregunta qué tal irá esto, si realmente les apetece saberlo aquí me tienen. 

Vivimos en el barrio XIV, en uno de esos apartamentos que en los anuncios se definen como acogedores. 37m2.A 100 metros se encuentra la Villa d’Alésia. 

En París existen miles de rincones perdidos, particularmente únicos, en los que extraviarse sin importar una puta mierda lo demás. Pese a todo, y pese a haberme dicho y jurado que no escribiría nada de los peligros que nos asedian en mi primera entrega, me es difícil no preocupar a la fauna y flora de mi vida. No lo voy a hacer. Los Cassos no tendrán cabida en el primer texto. Ni ellos ni sus espadas afiladas y bañadas en sangre francesa. Son incluso capaces de blandirlas en los supermercados. En fin, hoy no. Me lo había jurado y debo respetar mi palabra de macho español. 
Nuestra habitación da a la calle, una callecita muy tranquila, une toute petite rue, en la que no se escucha absolutamente nada hasta las 6 de la mañana. He pensado cien veces en bajar a la calle a las 6 de la mañana y hacer de este mundo un lugar mejor. Me he imaginado en un millar de ocasiones impartiendo justicia y silenciando los gritos del horror. 
Está bien. Soy un macho español. No debo seguir. 

Pero seguiré. Pues París es obviamente como se describiría en una película de producción americana y dirección francesa: si su ritmo te permite pararte y quedarte absorto a admirar cada uno de sus múltiples rincones, te adentras en una escena de miradas cubiertas por sombreros prerrevolucionarios y múltiples acentos. Cada uno de esos rincones es un centro mismo desperdigado de París  Como en esas películas en las que sientes envidia, porque si te detienes un solo momento y te abstraes de la muchedumbre, es pura magnificencia en cámara lenta y muchedumbre silenciada. 

Y me apetece contártelo, si has llegado hasta aquí es que te interesa.