Nunca me he peleado en la vida. Matizo: sí que me han dado una buena paliza, una de esas que terminan con una patada en la cara estando un servidor en el suelo, pero yo, pelearme, no me peleé. Esto no tiene nada de heroico, pero supongo que un resquicio traumático propicia que lo cuente no pocas veces. Aunque ahora venga al caso.
No tendría pues demasiado sentido que le proponga una primera pelea al grandioso y retirado campeón Policarpio Díaz, así de buenas a primeras, para iniciarme en el boxeo.Joder, pues eso mismo es lo que hecho al presentar mi relato corto “Lo
Nunca Visto” a Concurso. Premio Nacional, de prestigio, con 4.000€ de premio y
un jurado compuesto por 3 hijos de puta que se leen en una semana lo que yo en
un mes (en los mejores meses). Dicho lo cual, había que empezar por algo: Algo
que me gustó cuando lo escribí. Algo que me gusta menos ahora. Me la suda. Pero me
gusta escribir, qué le vamos a hacer. También me gusta mucho el fúrgol, pero a
estas alturas considero poco realista tratar de emprender una carrera que me
catalpute al estrellato del balón de cuero.
También he participado en tres concursos de poesía. Finalista en los tres. Ya sé lo que se estarán diciendo: Gay.
Ahora estoy leyendo Pigmeo, de Chuck Palahniuk. En el segundo comunicado
(capítulo) pensé en dejarlo. Afortunadamente no lo hice. Sin embargo, no
aprenderé nada de un libro que está escrito en un inglés intencionalmente mal
escrito, en el que el joven protagonista agente-67 busca jóvenes fértiles para
sembrar “semilla propia” con motivo de la Operación Estrago. Hay ciertas
críticas que compran este libro con el guardián entre el centeno, desde un
punto de vista moderno y violento. No hay nada en Pigmeo que me recuerde a
Holden Caulfield, sin embargo sí que encuentro reminiscencias de Vernon Sullivan
(el alter ego violento de Boris Vian), por lo horrorosamente desagradable y
exhaustivo de algunas descripciones sexuales más que denigratorias. Hay les
dejo el fragmento inicial, por si a alguien le atrae:
“Compañeros de misión ya
han pasado el control de inmigración, salen por la puerta de seguridad y
abrazan a las personas de sus familias-huéspedes respectivas. Agente Tibor,
número 23; agente Magda, número 36; agente Ling, número 19. Todos violan la
seguridad del puerto de entrada americano de forma exitosa. Todos ya están
insertados en familia americana corrupta de ingresos medios, todos en distintos
hogares, distintas escuelas y barrios de misma ciudad. No más tarde del día
siguiente de hoy, la red estratégica de agentes debe establecerse.
El encargado de pasaportes, un hombre sin rango
situado detrás de cristal antibalas, abre y lee el libro pasaporte del
agente-yo, cotejándolo con documentos de visado, a continuación echa un vistazo
a este agente y dice:
–Estás muy lejos de casa, hijo.
El hombre es un vetusto animal enjaulado que se está
muriendo por culpa de ser demasiado alto, la sangre espesa se le acumula en las
venas de las piernas. Encerrado todo el día, en cualquier momento puede echar a
andar al lavabo y, catacrac, un coágulo se carga el cerebro.
El encargado de pasaportes pregunta:
–¿Y dices que eres un estudiante de intercambio?
–Dice el hombre–: ¿Cuántos años tienes, chaval?
Usando los dedos, el agente-yo se pone a contar uno,
dos y hasta trece.
–¿Trece años? –dice el encargado de pasaportes.
Detrás de su cristal, dice–: Sí que eres pequeño para tu edad, ¿no?
El agente-yo dice: uno-tres. Levanta los dedos y
repite la palabra: trece.
Sería posible que el puño de hierro del agente-yo
generara un estallido enorme, patapum. Que reventara el cristal antibalas. Y
atacara con la maniobra Muerte Rápida por Golpe de Cobra para hundirle la
tráquea al hombre. Dejándolo muerto fulminado en el acto.
La lengua de agente lame hasta tocar la muela del
fondo, la muela donde hay un hueco con cianuro escondido, la lame pero no
muerde. Todavía no. La lengua que lame nota la muela húmeda y suave. Trago
saliva, cuento en voz alta uno, dos y también con los dedos de la mano hasta
seis. Le digo al encargado de pasaportes que voy a ser estudiante de
intercambio con una familia-huésped durante seis meses.
El encargado de pasaportes golpea con tinta la
página del libro y marca la validez para entrar en país. Le devuelve el
pasaporte a este agente. Y dice:
–Bienvenido al mejor país del mundo. –Pulsa un
botón, y las puertas abren un camino al interior de Estados Unidos, dándome
acceso a la familia-objetivo a cosechar.
Con un solo paso de su pie, el agente-yo va a violar
la seguridad del degenerado nido de serpientes americano. La guarida del mal.
El cubil de corrupción. La familia-huésped del agente-yo espera, con los
brazos-huéspedes doblados para agitar los dedos-huéspedes y llamar la atención
de este agente. La familia-huésped grita, con los brazos en alto y meneando los
dedos.
Para que conste en acta, el padre-huésped tiene
aspecto de enorme vaca jadeante, que expulsa un aliento pútrido de carne
sacrificada en el matadero y vocifera soltando tufo a Viagra mientras extiende
el brazo para estrechar la mano del agenteyo. A juzgar por la tasa de
compresión de su puño, y de la proporción hueso-vaca, el padre-huésped contiene
un 31,2 de grasa corporal. Lleva puesto un dispositivo de muelle anclado sujeto
al bolsillo de la pechera de la camisa, y de allí cuelga una insignia con un nombre
plastificado, con el código punto naranja, nivel de seguridad nueve. Una banda
magnética para ser descifrada por un lector. La banda indicadora de exposición
biológica típica de la industria americana, donde la línea de la parte baja de
la insignia es gris, y la banda no muestra ninguna exposición reciente.
El agente-yo está zarandeando el puño enorme del
padrevaca mientras la mano libre del agente intenta agarrarle la insignia de
seguridad.
Y al siguiente momento, el padre-vaca huésped dice:
–Quieto parado, pequeñajo. –Dice–: Eso no se toca. –Y tocando la insignia,
dando golpecitos con la tarjeta plastificada contra su propio pecho hediondo a
vaca, el padre dice–: Alto secreto. –Cuando habla emite aliento de Viagra, tufo
a Propecia y a goma de mascar de menta.”
Y añado: ya estoy acabando mi segundo relato.
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