vendredi 22 janvier 2016

The Walking Undeath


 
Llevo todo este tiempo sin escribir porque no me ocurre una puta mierda; apenas me acuerdo. Además, tengo la impresión de que inicio un huevo de entradas excusándome por el tiempo que llevo sin escribir, como si importara algo o alguien estuviera ansioso por una siguiente entrega.

Y no. Pero al fin y al cabo a mí tampoco (iconito y guiño).

Así que escribo tan solo por apetencia, por decirles a los 30 lectores habituales que son excelsamente bellos y que aquí hace un frío tremebundo, que por fin llegó el invierno, que vaya mierda y que hace un mes –a 12 grados, cielos despejados– se estaba bastante mejor.


La semana pasada regresé a España… bueno, A Catalunya. A Barcelona. Bueno, ahí, ya se entiende. Celebramos la navidad en 16 de enero. Con dos cojones, por qué no? En marzo celebraremos el armisticio y en julio las duchas de Todos los Santos. Que cualquier excusa sea aprovechada para una escapada. No fue una visita completa, nos faltó recorrido. Desgraciadamente, ninguna lo es. Nunca te da tiempo de ver a todo el mundo que te apetecería, la agenda se aprieta antes de poder escribir nada en ella. Las decisiones vienen dadas. Bueno, no todas. Acabar en el Undeath – Aguacates, a estas alturas, no algo que se pueda ni deba programar anticipadamente. Y sin embargo ahí acabamos, con Raamstein y 13 góticos merodeando muy seriecicos alrededor –no sé por qué, pero siempre que en mi imaginación hablan un emo o un gótico, les pongo un acento maño muy sentido y educado-, y nosotros en medio de todo con camisitas antitodo: antiglamour, antiemo, antidark, antimetal.

Bostezando con el Metal
 
Aaah, lo pasamos teta, todo el fin de semana, aunque la resaca a posteriori sea proporcional al bebercio consumido, se soporta bien cuando es buenrollera. En fin, solo fueron tres días.
 

Y aquí estamos, de vuelta en nuestro pisito recogido de Maisons Alfort, frente a la Escuela de Veterinaria. Da gusto haber salido de París, huir del stress, de la cautividad producida por esos espacios tan diminutos para todo y para nada. Joder, ya no nos tenemos que meter en la cama dando un salto desde el sofá del salón. Ahora tenemos un paseo. Uno amplio y cálido.

Y París para los fines de semana. No hay ciudad mejor para ello.

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